Los jefes no lloran
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En este mundo de textos escritos por inteligencias artificiales, reflexiones a cargo de máquinas que en realidad se dedican a cruzar información y redes sociales en las que todo parece ser color de rosa, hoy quiero hablar de eso que, cuando tenía un jefe, nunca hubiera imaginado que existía.
Mientras trabajaba en relación de dependencia, siempre vi a quienes ocupaban cargos superiores como personas que, por tener todo más resuelto en un montón de sentidos, "la tenían más fácil".
Sabía que sus puestos eran más interesantes que el mío, que sus vacaciones eran a destinos más extravagantes, que tenían mucho mejores ingresos y que su voz siempre iba a pesar más que la mía a la hora de tomar una decisión.
Pero algo que nadie me dijo en ese entonces es que su frustración, sus miedos y sus momentos de estrés también eran mucho más grandes.
Crecí en un mundo en el que el rol tradicional de jefe lo ocupaba un hombre de aproximadamente 50 —o más— años, con un poco de panza, varias canas aseguradas y siempre con un traje que parecía hecho a medida.
La realidad es que las industrias
no han cambiado tanto en ese sentido, pero también es cierto que hoy es más normal ver jefes de otras edades, géneros y estilos, e incluso también sin canas.
Y aun así, ni en mi cabeza ni en la de la mayoría, cuando pensamos en el mundo laboral, alguno de esos jefes llora.
Incluso cuando las mujeres lideramos un equipo, siendo naturalmente más sensibles, mostramos nuestra cara más seria, “respetable”, institucional.
Porque aunque ya no se necesite traje, canas ni panza para ser prestigioso, hay algo que sí se mantiene en la mente de todos los que trabajamos: los jefes no lloran, no sienten miedo y pueden con todo.
Los jefes, CEOs, superiores o como queramos llamarlos según la industria, son una especie de superhéroes que damos por hecho que están preparados para lidiar con cosas que “los mortales” no.
De la misma forma, esos jefes también se transforman por momentos en villanos, porque no deja de ser incómodo tener a alguien corrigiendo lo que uno hace, dando órdenes, diciendo cuál es el rumbo a seguir. Y, como si fuera poco, no nos olvidamos de que vacacionan mejor que uno. ¡Mirá si van a llorar!
En lo personal, las vueltas de la vida me llevaron a terminar emprendiendo, algo que no estaba en mis planes, pero que tenía mucho sentido sabiendo que la estructura “tradicional” de trabajo no era lo que quería para mi vida.
De forma muy ingenua, empezando este camino, pensé que podía ser freelancer para siempre, hasta que me di cuenta de que no hay nada como crecer con un equipo. Y así es como surgió lo que hoy es Primo Studio.
Si hay algo de lo que no me di cuenta en toda esta avalancha de cambios que han sido los últimos seis años es que, un día —no sé cuándo ni cómo— terminé siendo jefa. De personas increíblemente talentosas, de otras que están dando sus primeros pasos en el mundo laboral y de una persona a la que admiro tanto que terminé invitándola a ser socias en la empresa que había armado con ella a mi lado desde el día uno.
El problema de todo esto es que yo sí lloro.
También me canso. Tengo días en los que la incertidumbre se adueña de mis noches más largas y otros en los que siento que se me otorgó la habilidad de comerme el mundo y lograr lo que me proponga.
¿Y qué es entonces lo que me hace creer que soy tan distinta a todos los demás jefes que hay ahí afuera?
Que, como todos, me creo que el pasto de al lado siempre es más verde, que el otro sí puede con todo, que no se cansa y, sobre todo, que los demás jefes no lloran.
Si hay algo que aprendí en este camino es que avanzar en la dirección correcta es tener claro qué tipo de espacio queremos construir.
Y yo quiero uno en el que no hagan falta trajes, canas ni panza, pero tampoco capas ni superpoderes para poder ocupar mi rol.
Porque cuando las decisiones son difíciles, el agotamiento se acumula y existe toda una estructura que se apoya sobre tus hombros, creo que lo más sano que podemos hacer es llorar.
Y decirles a quienes trabajan con nosotros que también lo hacemos, que también nos frustramos, que nosotros también sentimos que siempre hay un techo arriba, sin importar qué tan alto se vea desde otra perspectiva este lugar.
Quizás contar esta “verdad” no nos dé más prestigio (es más… seguramente no lo haga), pero al menos nos va a permitir mostrar que, incluso llorando, teniendo momentos de frustración y con miedo, se puede estar a cargo.
Y, al menos para mí, en eso está la diferencia entre ser un jefe y ser un líder: en saber que, antes que cualquier cargo, está lo humano.
Y sí, también en que, si lo necesitamos, nunca viene mal llorar.
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